07/Dic
comunicacion
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MÁS SE PERDIÓ ADRIANO

Turno de Mercedes de Pablos para rememorar los mejores momentos vividos en el Festival de Itálica desde los años ochenta hasta su vuelta al Teatro Romano en 2009.

Una vez un bailarín, llegado del Este del Estado español, polaco en argot autonómico, bailó en mi alfombra de saldo La Pastoral de Ludwig van Beethoven y me pareció un prodigio disparatado. Empezaban los años ochenta. Más cerca andaba yo de aproximarme a la física cuántica, sin saber sumar, que a la danza entonces ballet y asociada por mí a los tutús y el canto de los cisnes que tanto gustaban a mi progenitor.

Casi treinta años después no yo, Sevilla misma, se ha hecho aficionada al a danza, en toda su extensión, en toda su versatilidad, en la generosísima gama que ofrece ese arte, que como la voz nace de los cuerpos. Tiene como instrumento, el mejor, a los cuerpos humanos que, Prometeos al fin, consiguen arrebatar a los dioses la consistencia de seres celestiales.

Ese camino tiene un nombre: Itálica. Y algunos culpables, el primero y principal, la Diputación de Sevilla y su incansable (incluso cansino) director Juan Antonio Maesso. Pero ni el Festival, ni la institución provincial, ni el equipo que lo ha trabajado tan pulcramente desde hace 23 años hubieran reconvertido a la renuente espectadora que fui en la expectante clienta que soy sin los artistas, sin los escenarios.

A Itálica, que como se dice de los andaluces, se ha permitido el lujo de nacer de donde le venga en gana, o sea de ser Itálica e el patio de la Diputación, en el Teatro Maestranza, en el Alcázar, en el castillo de Alcalá o en los jardines del Ayuntamiento de Tomares, le debemos momentos inolvidables, es decir instantes de eternidad y belleza.

Sin el Festival, desde aquellas primeras gradas de la ciudad romana, y el célebre ambigú donde escuchábamos jazz, no habríamos sabido de la extra corporeidad de Cecs, Gelabert, de la risa alada de Blanca Li, del reto a la gravedad y la vuelta de tuerca a la belleza aunque póstuma de Martha Graham.

El replicante de Blade Runner no hubiera soñado visitar más extrañas y hermosas galaxias como el público, los públicos, del Festival de Itálica. Brasileños bailando capoeira con gitanos del Polígono en los jardines del Alcázar, el arte universal de la supervivencia inteligente. Cubanas rompiendo los estereotipos de las frágiles bailarinas de Tchaikoski en el patio de las doncellas. Israel Galván cabalgando emociones en los jardines de Vázquez Consuegra de Tomares. Tantos países, tantos cuerpos, tantas pieles danzando poesía que ya somos, el público, Sevilla y su provincia, un poco de esas pieles, un poco de esos cuerpos, un poco de poesía.

La perseverancia de un Festival que nació raro (a quien se le ocurre ese afeminamiento en La Madre de todas las Ruinas de Sevilla) no ha resultado en balde. Hemos crecido como espectadores, luego hemos crecido como seres
humanos capaces de sentir, de valorar, de criticar incluso. Pero no sólo, aunque sea mucho. Itálica ha hecho de partera, en estos 23 años, del nacimiento de muchos y muy buenos artistas y profesionales de la danza en Sevilla.
Nunca hemos crecido en arte tanto y en tan poco tiempo como en la danza. Nunca partiendo de tan poco (reconozcamos la escasa tradición más allá del flamenco) hemos llegado a tanto.​

Porque el que siempre vientos recoge tempestades y el que alienta el talento recoge inteligencia. Porque Adriano, le hubiera merecido nacer veinte siglos después.

MERCEDES DE PABLOS
Periodista y escritora

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